martes, 14 de noviembre de 2006

Preludio. Fin. Comienzo. Ocaso.

La habitación está prácticamente a oscuras. Duermen sombras grises, y azules. Un pequeño resplandor entra bajo la rendija de una puerta que se diría demasiado lejana en el tiempo. Una tenue luz intenta abrirse paso a través de la ventana del baño.


Plateada, recorta de improviso una figura difusa. Emana olor a regreso. Con movimientos laxos se despereza con calma. Los colores mutan con desesperada paciencia en cobres agotados. Marchitos. La figura extiende sus brazos hacia el marco de la puerta. Coqueta. Vanidosa. Caracoles de deleite se columpian por su espalda.


Un rayo indiscreto acaricia con lentitud indolente un hombro descubierto. Una fracción de tinieblas. Un fragmento de alba.


Un trozo de tela resbala. Lentitud premeditada. Intranquilo sosiego en el albor del ocaso.


Lo que hasta ahora era una tenue penumbra transita a los primeros colores del alba. Un carmesí sofocado por un dorado ansioso. Germinan los violetas. Brotan los verdes.


Y de pronto un azul mimoso, un añil de madrugada desvela el secreto, desgarra el misterio. En un sólo impulso se quiebra la magia y se deshace el nudo de la calma que unió dos tormentas. De la tempestad que emergió entre dos calmas.

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